Las campanas son para... informar. 1599

 

Estamos acostumbrados a los sonidos, y a los ruidos.

Algo tan básico como es el tañido de una campana, hoy tan inusual y diluido en la maraña de estímulos sensoriales que nos rodea, era, allá por el 1600, una piedra angular de la vida social del pueblo.

Un sencillo ejercicio intentando eliminar de nuestros sentidos todos los elementos que no existían en esa época y que ahora tenemos tan normalizados que parecen que pasan desapercibidos, nos permitiría trasladarnos realmente a entonces.

No es difícil para las personas mayores que conocieron en su infancia la nula mecanización del campo y de la mayoría de los sonidos cotidianos actuales, en casa o en la calle.

Por eso el tañido de la campana sería uno de los referentes acústicos para todos los habitantes. Olvidaos del reloj (entonces no había uno en el campanario), de cualquier motor o aparato, de la música enjaulada… Ese tam-tam quizás fuera el único sonido humanizado y para todos, además de la voz de las personas.

De ahí su importancia. Era el metrónomo de la vida laboral y social del pueblo.

Marcaba las festividades y los oficios religiosos. Pero también, con los diferentes toques, se transmitían otras informaciones: de dolor al morir un paisano, o en el cabo de año, de alegría cuando tocaban a gloria en las festividades mayores, de reunión a campana tañida para tratar un asunto en concejo abierto, o de peligro cuando se tocaba a rebato y todos los vecinos debían acudir a sofocar un incendio.

Además, todos desde pequeños conocían estos códigos sonoros, el lenguaje de las campanas que siempre estaban ahí… hasta que se quebraban. Y si la campana no sonaba, o su sonido era pobre y distorsionado, si no alcanzaba a informar al que estaba dentro de su casa o en el campo, no servía.

De ahí la preocupación del concejo jerteño en 1599 para enviar una carta, que es una petición, para arreglar la que se ha estropeado en la torre.

Viajemos cuando se concluye el siglo XVI, con los ojos abiertos y los oídos cerrados a las perturbaciones auditivas actuales, a través de este otro ventanuco al pasado.

El Concejo, Justicia y Regimiento del lugar de Xerete besa a V. Sª. Ilustrísima las manos y ruega a Dios le de muchas y muy buenas Pascuas, pide y suplica a V. Sª. mande dar licencia que una campana que se quebró de esta iglesia se torne a hacer por estar mal sin ella, pues el concejo ayudará con los materiales que son necesarios, y quisiera mucho que estuviera hecha para el día de señor san Marcos a quien este concejo tiene devoción y hace fiestas, y dando V. Sª. la licencia entendiéndose podía hacer con tanto nuestro señor a V. Sª. guarde en salud y estado prósperos.

Por mandado del Concejo de Xerete. Francisco García”.

El obispo placentino que se encontraría en Trujillo en esa fecha contesta a este escrito ofertando la hechura de la campana y sus condiciones.

Don Pedro González de Acevedo por la gracia de Dios, de la Santa Iglesia de Roma, obispo de Plasencia, del Consejo del Rey nuestro Señor, por cuanto ante nos pareció Pedro Martín, mayordomo de la iglesia del lugar de Xerete y nos hizo relación diciendo que la dicha iglesia tenía la necesidad de una campana para la dicha iglesia, y por nos vista la dicha necesidad que hay, damos licencia para que Blas de Ayala, vecino de esta ciudad, la pueda hacer llevando por la hacer 24 ducados (8.976 mrs), y aunque pese más de seis quintales[1] no ha de llevar de hacer más que en lo que. Y en lo que toca a la misma, queda a cuenta de la iglesia y no del susodicho porque en este caso no nos concertaremos con el susodicho. Y en todo guardaréis y haréis como se hace en los demás contratos dados por nuestra licencia y mandaréis poner esta licencia por cabeza de contrato que se hiciere.

Dada en Trujillo a 15 de abril de 1599.

Obispo de Plasencia                           Por mandado de su Sª

                                                           Antonio Fernández

[1] Quintal de Castilla. Equivale a unos 46 kilos. La campana tendría un peso de 276 kilogramos aproximadamente.

A continuación, extracto el contrato para la refundición de la campana, con fecha de 9 de mayo de 1599.

Como representante de la iglesia se encuentra el Doctor Arias Varas como cura rector de la parroquia jerteña, que actúa al estar presente como elemento eclesiástico del contrato. Todos ante el escribano público del Concejos, Francisco García que es quien lo recoge por escrito.

Las partes contratantes están personadas en Blas de Ayala, como campanero propuesto desde el obispado y Pedro Martín Trabado como mayordomo de la iglesia de Xerete, con la licencia correspondiente del obispo.

Los compromisos son los que siguen:

Blas de Ayala se compromete a hacer la campana que está quebrada con el mismo metal que tiene mermando de la dicha campana, “la cual hará en arte limpia, de buen sonido y a vista de maestros del dicho oficio si necesario fuere y que no se quebrará dentro de un año de cómo se hiciere por defecto de la obra, y si se quebrara la volverá a hacer a su riesgo, excepto la merma que hubiere cando se volviese a fundir, dándole barro y leña y peones como se da para la hacer, todos los materiales y posada con que la dicha iglesia le de por la hechura los 24 ducados contenidos en la dicha licencia … y en lo que toca a la merma ha de ser por cuenta de la dicha iglesia, y a su señoría el mandar lo que en ello se ha de hacer conforme lo manda por la dicha licencia”.

El mayordomo se obliga a pagar los 24 ducados al campanero o a quien tenga su autorización en tres pagas. La primera en la próxima Navidad de 1599, la segunda en san Juan de junio de 1600 y la tercera y última en Navidad de 1600.

Para hacer frente a este gasto extraordinario se obliga también en reducir los de la iglesia sólo a los ordinarios del mantenimiento.

Para responder legalmente se obliga con los bienes de la iglesia, renunció a las leyes que fueran a su favor. Lo mismo que el campanero que se obligó con sus bienes.

Los testigos consignados fueron: Juan Méndez, Diego Cruz y Diego Fernández.

Las 4 firmas son por este orden, del cura Doctor Arias Varas (representando al obispado), Pedro Martín Trabado (como mayordomo de la parroquia), Blas de Ayala (campanero fundidor) y el escribano Francisco García.

Como dato curioso la referencia que se hace a san Marcos, promotor de la construcción en esas fechas de la ermita del Humilladero, y de la implicación del pueblo para ambas intervenciones.

Deberían pasar más de 150 años para volver a fundir otra campana en la plaza del pueblo.

Hoy, el toque cadencioso que llama a los fieles se ha mecanizado y lamentablemente dista mucho de ese sonido meticuloso que sacaba la pericia personal, adquirida a lo largo de los años. Y por supuesto que ha perdido ese protagonismo que tuvo hace siglos, confundido con la maraña de ruidos diarios.

 

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