Nos vamos de hornazo
Tradicionalmente en Jerte muchas personas, en especial las familias con niños y los jóvenes, celebran el hornazo al finalizar la Semana Santa: domingo de Resurrección, lunes y martes. No es el único lugar donde se elabora este alimento, aunque con diferencias sustanciales en los ingredientes y los procesos de horneo. El nuestro se acerca mucho, o comparte lo fundamental, con algunos pueblos de Cáceres y de las provincias de Ávila y Salamanca. Lógico si conocemos el sustrato poblacional común, el contacto entre estas zonas con nuestra comarca y el establecimiento de migrantes, muchas de ellas mujeres que se avecinaron en Jerte aportando sus saberes culinarios.
Tampoco la bolla es única de la localidad. La compartimos
con otros lugares con un sinfín de variaciones a lo largo de la geografía
peninsular. Y hasta fuera de ella. Al fin y al cabo, es un bollo horneado.
Y los huevos de colores que cocíamos es igualmente una
costumbre muy extendida.
Pero todo tiene su porqué.
Centrándonos en las fechas cuando son típicas estas comidas, los tres están
asociados en Jerte con las tardes del domingo de Resurrección, del lunes y
martes siguientes. Que es cuando se consumen, preferentemente en el campo,
haciendo una merienda. Es decir, se celebra el fin de la cuaresma. Como en
otros muchos sitios en España.
Eso no significa que no se consuman en casa, antes, durante y después de
estas fechas.
El hornazo es una masa de pan leudada que se hornea
poniendo en su interior carne (sobre todo chorizo y lomo o magro). Al llevar
aceite en la masa con la harina tenemos un alimento bastante energético: hidratos,
grasas y proteínas. Aquí no suele llevar huevo a diferencia de otros hornazos.
Un hornazo es un buen aporte energético.
La bolla es un dulce. Priman los hidratos de la harina y
los azúcares, con otra porción más reducida de proteínas (yema de huevos) y
vitaminas (zumo de naranja). El toque lo dan las semillas de anís y el ligero
olor del aguardiente. Un dulce para desayunar o para merendar sin
contemplaciones.
El huevo cocido, es un alimento generalizado en las
celebraciones del domingo de Resurrección, y del lunes en los lugares donde se
mantiene una romería. En la mayoría de los casos incluyéndolo bien en la bolla,
bien en el hornazo.
Se le da varias connotaciones simbólicas. Pero la realidad era que
antiguamente se consideraba “carne” a este alimento y por tanto no estaba
permitido comerlo los viernes de Cuaresma. Los excedentes debían conservarse
para comerse una vez pasase el periodo de recogimiento. Y una manera sencilla
era cocerlos algún día antes, o incorporarlos al hornazo como se hace en
Salamanca o Ávila.
Lo típico era cocer los huevos en casa el día antes de ir de hornazo. Y lo
más interesante, que los huevos fueran de colores. Para obtener tonos coloridos
se usaban huevos blancos junto con colorantes “socorridos”, de los que había
cerca: ortigas para dar el verde claro, amarillo con cáscaras
de cebolla, los rojos con las raíces de
una planta cuyas hojas se pegan a la ropa y azules con trozos
de lanas viejas aprovechando las anilinas o tintes. Gracioso
era ver, cuando íbamos un grupo, mostrar los huevos de colores y las
tonalidades conseguidas. Lo de estallar el huevo cocido en la frente de otro
era de lo más normal aprovechando cualquier descuido. No sé si traía suerte,
pero nos reíamos de veras. El color que predominaba antiguamente era de color
rojo que como he indicado se teñía con las raíces de una planta.
Los ortodoxos tienen esta costumbre de colorear los huevos, especialmente en
rojo, por la simbología de la sangre de Cristo.
¿Qué nos diferencia de nuestros vecinos? ¿Por qué lo hacemos nosotros?
¿Desde cuándo?
Ni en Tornavacas, ni Cabezuela, ni Navaconcejo se hacían hornazos. Se
entiende tradicionalmente.
Quiero pensar que se conjugaron varios factores para llegar a esta
“fiesta”.
El primero, que había una fuerte vinculación con la única ermita que desde
antiguo había en la localidad, de la Magdalena [1]. Hace 500 años Jerte sólo
tenía dos edificios religiosos: la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la
Asunción y la ermita de la Magdalena. Esta última a dos kilómetros de la
población. De su importancia nos habla las obligaciones del concejo de hasta
cuatro celebraciones que se hacían a su costa, mucho más que con cualquier otra
festividad a excepción del patrón san Juan Bautista. Hablamos de 4 procesiones
a la zona del Cibanto. Y ahí es donde pudiera estar la clave. De las
celebraciones más importantes, de cuenta del concejo (costeado por todos los
jerteños) una era la que se hacía “El día de la Piedra, que es
el lunes después de la dominica In albis, otra misa cantada con
procesión también a la ermita de la gloriosa Madalena”. El lunes de la
Piedra coincide con el lunes de Aguas salmantino. El lunes siguiente al que
nosotros ahora celebramos el hornazo.
|
[1] No sólo se puede concluir por
las obligaciones del concejo: 1 misa y procesión por el lugar por el patrón
san Juan de junio, por 4 misas con procesión a la ermita de a Magdalena; sino
por los múltiples testamentos de hace más de 400 años, justo antes de
edificar la ermita del Humilladero. En esos testamentos siempre se da una
limosna, de un real o de medio según sus posibilidades, a cada entidad: a la
iglesia parroquial, a la ermita de la Magdalena y al hospital para pobres. |
Esta podría ser la hipótesis. Se tiene costumbre de ir de
romería en una fecha muy relacionada con la cuaresma a la Magdalena, el lunes
de Piedra, coincidente con la octava de la Pascua Florida.
Mientras la ermita está activa y la celebración mantiene su fuerza, se
sigue celebrando la romería. Con la construcción de la ermita del Humilladero,
más cercana al pueblo y por tanto mas accesible, la Magdalena pierde
paulatinamente fuerza, a la vez que aumenta el fervor religioso por los
símbolos de la pasión: el Cristo del Humilladero.
La decadencia de la Magdalena se va haciendo más evidente con el auge del
Vía Crucis hacia el Humilladero, pero seguramente la romería se mantiene.
Finalmente, la Magdalena ya semiderruida a mediados del XVIII termina por
incorporase a la iglesia en todos los sentidos: los materiales de la ermita son
utilizados para la reedificación y ampliación de la parroquia y la imagen se
incorpora al imaginario de la iglesia.
Pero posiblemente la romería, con su comida campestre se trasmute en el día
del hornazo, adelantando la celebración al lunes después del domingo de
Resurrección, como culminación de celebración pascual a la vez que integrando
la tradicional romería del lunes de Piedra. Esta celebración, al carecer ya de
su base religiosa, se hace más laica y laxa dejando que cada cual la celebre a
su manera, pero a ser posible saliendo al campo a comer el hornazo en grupo de
amigos o familias. Incluso los días que previsiblemente podía llover o hacer
mal tiempo se buscaba ir a algún lugar que dispusiera de refugio. una casilla o
un abrigo. Pero se iba.
Las zonas más frecuentadas para ir de hornazo de pequeño eran, hacia el sur
los Arenales, y hacia el norte los “Barros Coloraos” y la Fuente Zahoz. Los dos
primeros formaban espaciosos y despejados descansaderos de ganado en el camino
real, alejados del pueblo poco más de dos kilómetros. El tercero junto al río
era un paso obligado para ir el Ejido. Pero no necesariamente eran los únicos.
Muchos aprovechaban un prado, una garganta, un rellano para juntarse y
disfrutar de esa merienda a base, fundamentalmente, del hornazo, la bolla y los
huevos cocidos. A lo que se añadía algún embutido (por la carne), queso y el
vino. En especial el vino “arropao” y la gloria.
Terminar la Cuaresma, poder comer los alimentos prohibidos esos días, dejar
aparte las limitaciones de ayuno, celebrar la Resurrección, el cambio de ciclo
con la llegada de la primavera (no olvidemos un entorno marcado por una exuberante
vegetación caducifolia brotando y floreciendo a su alrededor…), salir al campo
con familia y amigos fuera del encorsetado entorno religioso de las misas,
oficios en la iglesia o del protocolario desfile de las procesiones… debía ser
un auténtico disfrute.
Las celebraciones del Domingo de Resurrección, centradas en la misa y el
encuentro entre la Virgen y Cristo Resucitado, escenificado en un recorrido por
las calles del pueblo, con la posterior comida familiar, dejaban poco margen al
hornazo. Quizás fuera por eso que el lunes por la tarde, fuera ya de ritos y
obligaciones, diera paso a esa tarde de campo más relajada, más lúdica y gozosa
de los sentidos sin el imperativo religioso. Y aunque el martes también se
comía el hornazo por la tarde, ya tenía menos fuerza, aunque la mayoría lo
seguía haciendo.
Quizás sean identidades o notas diferenciadoras con los pueblos vecinos.
Una manera de marcar la idiosincrasia de cada pueblo, de mantener unas
tradiciones, o de demostrar altaneramente su pertenencia. Lo mismo que
Cabezuela conserva la quema del Judas una vez arranca el domingo de
Resurrección, o los vecinos de Tornavacas se reúnen en la Cruz compartiendo la
romería.
Comentarios
Publicar un comentario